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El (secarral) vergel de Extremadura

El secarral vergel  de Extremadura.

En verano Extremadura se cubre de oro. La hierba seca es un manto para las dehesas y campos. Somos extremos sin fin. De ahí que pasemos del dorado del pasto seco a la transparencia del agua cristalina y bosques verdes sin ni siquiera avisar. 

He cruzado esta tierra de norte a sur, como trabajo de campo para la conmemoración del día de la Vía de la Plata que es pronto (y tendrá un post en exclusiva), mientras me embeleso con el campo amarillo claro en el que se camuflan las ovejas, entro de lleno en el balneario de Baños de Montemayor, lugar donde disfrutar del descanso, del agua y de la vista de una auténtica calzada de época romana.

Los baños, que dan hambre, me empujaron a Hervás, allí donde el río Ambroz da buena cuenta de su riqueza en las huertas, bosques de castaños, alisos y fresnos de ribera.

Por devoción me desvío hacia Las Hurdes para comprobar que el sonido del borboteo del agua, día y noche, no es una más de sus leyendas. Hago noche en la alquería más bonita de todas (que es cualquiera de ellas) y tal como nos cuenta la mitología hurdana, aquí corres serios riesgos. Por ejemplo, visitar el despoblado de El Moral es exponerse de forma inevitable a enamorarte para siempre de este paisaje lleno de pizarra, de bancales y de casas bajas que están abrazadas por árboles de kiwi a modo de parras. Te advierto que llevo semanas sin poder quitar de mi cabeza el sonido del agua del arroyo que corría a mi vera mientras caminaba por esa sierra.

De camino a dos de los paisajes que hacía tiempo que quería fotografiar, me bañé en las piscinas naturales de Horcajo y el Charco de la Olla. El primer destino, el Meandro del Melero, que con las abundantes lluvias de este invierno era el momento perfecto para verlo en pleno apogeo y, en segundo lugar, Granadilla. Está rodeado por el embalse con nombre de poeta y en una ocasión como aquella, repleto de embarcaciones con pescadores que participaban en un campeonato y hacían el paisaje aún más peculiar.

Hubiera ido a bañarnos a los Pilones, a mis hijos les encantan, pero el tiempo apremiaba y quedaba mucho recorrido, por lo que para compensarles, mientras yo visitaba la Catedral de Plasencia, ellos bajaron al río Jerte, unas cuantas calles más abajo y disfrutaron en su gélida agua en el Parque de la Isla.

Y para disfrute de los niños, el vuelo de los buitres leonados sobre el Tajo, tanto en el paseo en barco cerca del colosal pantano de Alcántara como en uno de nuestros más importantes espacios naturales entre sierras, riberas y dehesas: el Parque Nacional de Monfragüe.

En los Barruecos, desde el lavadero de lanas del siglo XVIII, hoy convertido en museo de arte contemporáneo, el paisaje de los bolos de granito reflejados en la charca se convirtió en el sitio ideal para meditar y agradecer a Cáceres todo lo que me había dado, antes de seguir mi camino por la Vía y adentrarme en la provincia de Badajoz.

Y así, llegué a la capital de la provincia de Lusitania, Augusta Emerita, por el camino serpenteante desde el embalse Proserpina al igual que lo la conducción de agua subterránea, aprovechando la caída natural del terreno. Los romanos eran grandes arquitectos, pero aún mejores ingenieros y por ello la ubicación de cada asentamiento era casual; fue, me atrevería a decir, multicausal. Entre los motivos de este emplazamiento de origen militar, bajo el mando de mi idealizado Publio Carisio, está la confluencia de los ríos Guadiana y Albarregas, una riqueza de agua que se hace evidente en los pozos, decenas de termas descubiertas de esa época y aljibes como el del Alcazaba. Se encuentra al lado del puente de época romana más largo del mundo que se mantiene en pie, un lugar mágico. El puente romano que algunos autores lo denominan el Genitor Urbis, el padre de la ciudad, el que todo lo hizo posible…

Para descansar de tanta emoción y siguiendo la huella romana, una visita a Alange, un auténtico vergel, que alberga un balneario de época romana en el que te gustaría quedarte hasta que llegue el mes de octubre al menos.

El camino continúa por Tierra de Barros, esa tierra roja, que parece siempre recién regada, llena de tesoros, yacimientos y minas. Pueblos llenos de almazaras, bodegas y tradiciones. Así llegamos a Zafra, un original cruce de caminos en el que sus fuentes y pilares permitían abastecer a viajeros, ganado y comerciantes. Las plazas del pueblo dan buena cuenta de ello.

He tardado semanas en escribir esto, pues tenía que ser breve. El agua cambia de forma a medida que bajamos: termal, fresca y rumorosa en el norte, escondida en las Hurdes, atravesada por puentes, inmensa en el Tajo, domesticada por la ingeniería romana en Mérida, medicinal en Alange y transformada en vino en Tierra de Barros.

No quedaba ya más que subir a Tentudía, el punto más alto de la provincia de Badajoz y emular al mismísimo maestre de la Orden de Santiago, quien viéndose acorralado por los musulmanes a la caída de la noche, en plena batalla rogó: “¡Santa María, detén tu día!” y así el sol se detuvo, permitiendo ganar la victoria.

Cualquiera diría que luchaban contra el paso del tiempo.

 

María José Trinidad

TRINIDAD&CO. TURISMO.

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