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Preguntas de los niños, para que aprendamos los mayores

Hacer una ruta para niños requiere una preparación especial para sobresaltos.

De todo tipo.

Hoy vamos a contar solo los que no han requerido la intervención de los vigilantes de los monumentos.

Los niños preguntan para que los mayores aprendamos.

Y cuando callan, aprendemos todavía más.

Sus gestos, su manera de escuchar, su transparencia absoluta, son un reto para quienes no nos dedicamos profesionalmente a la enseñanza infantil, pero tenemos el privilegio (y la responsabilidad) de contar con ellos en actividades como acompañarlos en una ruta turística por Mérida.

Aquí va mi top five de lo aprendido.

I. La atención no se pide, se merece.

Si un niño se aburre, lo dice.

Si no entiende, frunce el ceño.

Si tiene sueño, bosteza sin ningún tipo de pudor.

Son el mejor medidor que existe para testar el interés real de lo que estás contando. Y si no vas por buen camino, no hace falta un máster en pedagogía porque basta con mirarlos. Te dan todas las pistas.

No vale irse por las ramas.

Las explicaciones deben ser claras, con contenido, igual que para los adultos, y siempre dispuestas a ampliarse si hace falta.

Pero si consigues su atención… ay. Eso es maravilloso.

No hay un público más entregado ni más agradecido.

Si un niño se pega a tu lado, te hace preguntas o enlaza lo que dices con algo que recuerda, ese día, creéme, te has ganado el cielo. 

II. Situar en la época y contexto adecuado cada hecho histórico, para comprender mejor.

En una visita a la Basílica de Santa Eulalia, observando el hornito dedicado a la patrona de Mérida que está construido con restos de un templo romano en honor a Marte, el dios de la guerra, un niño preguntó:

— Pero entonces… ¿el dios Marte era malo?

Ahí está la clave.

Cuando explicamos a niños hay que ampliar el contexto mucho más de lo que creemos necesario, porque su horizonte no está limitado por los conocimientos acumulados, sino por la lógica pura.

Que Marte tuviera templos de culto, que se le dedicaran inscripciones y ofrendas, abre una reflexión brillante: tal vez no era considerado un dios “malo” en su tiempo. Tal vez la guerra ocupaba un lugar central en la vida, el poder y la supervivencia.

Los hallazgos arqueológicos son admirables, sí.

Pero la pregunta lo es aún más. 

III. Cuando se da la palabra hay que cumplirla.

Tal vez un adulto no te lo reproche.

Pero no olvides que ese adulto una vez fue niño… y el niño se encarga de recordártelo.

En una ruta prometimos churros al final.

La churrería cerró antes y tuvimos que sustituirlos por rosquillas. Todo parecía resuelto. En la ronda final de preguntas, al preguntar qué era lo que más había gustado de la ruta, un niño de unos cinco años respondió, sin dudar:

- A mí lo que más me han gustado son los churros.

No sabemos si ese era el gran objetivo de su mañana. Lo que sí sabemos es que falló la planificación. Y los niños no negocian con las promesas. 

IV. Si quieren compartir con los suyos es que le ha gustado… o no.

En una exposición trabajamos los olores de la época romana.

El garum no triunfó.

- Tengo que traer aquí a mi madre para que huela esto tan horroroso.

Esa frase se repitió más de una vez. Y aunque no lo parezca, que un niño quiera traer a su familia a un lugar, aunque sea con el fin de compartir ese olor tan horroroso, es un éxito rotundo.

Esa experiencia volverá a aparecer en una comida, en una conversación, en un recuerdo.

Y eso es un resultado fantástico. 

V. Escuchan a los abuelos, que son los que hablan sin prisas.

No hay visita en la que los niños no mencionen a sus abuelos.

Cuando reconocen objetos antiguos que aún se usan, cuando hablan de costumbres que hoy mantenemos, siempre aparece la frase:

- Eso mi abuelo me lo ha contado.

- Mi abuela hacía algo parecido.

Estas frases son la puerta abierta a un tesoro.

Hablar a los niños, contarles, acompañarlos en la comprensión de su entorno, es forjar memoria.

Memoria de personas curiosas, arraigadas, conscientes de dónde vienen. Y el mayor de los aprendizajes es que cuanto más conocemos nuestra historia y nuestro entorno más lo apreciamos.

Viajar, conocer y explorar es un método infalible para desarrollar arraigo y compartir experiencias con los más pequeños es un recuerdo para siempre en su memoria.

Si quieres un plan familiar perfecto, yo te acompaño.

Que no te lo cuenten.

Ven a disfrutarlo. 

María José Trinidad.

TRINIDAD & CO. TURISMO

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